Le dijo Jesus: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. (Juan 11:25)

COMPROMISO 2: CANCELANDO DEUDAS

“soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros”

Colosenses 3.13

 

Los matrimonios saludables son saludables porque los esposos hallan gozo en la cancelación de deudas. No hay un ingrediente más esencial en el matrimonio que el perdón. Sin embargo, el perdón no siempre es atractivo. El perdón es difícil y costoso. Te empuja hasta los límites de tu fe. Te tentará a temer y dudar. Pero cuando se otorga perdón y se cancelan las deudas, lo que se gana es mucho más grande que lo que cuesta.


“NO CREO QUE SEA CAPAZ DE PERDONARLO JAMAS”

“No creo que sea capaz de perdonarlo jamás” – llega a ser la frase de moda en muchos matrimonios. ¿Por qué sucede esto? Porque los patrones de pecado y fallas no fueron acompañados por patrones de confesión y perdón; lo que queda es la enumeración de los errores del otro. Así que, lo que meditan uno respecto al otro es mayormente negativo. En sus mentes ven diariamente a través de los lentes de sus fallas y así se olvidan progresivamente de lo que es bueno en el otro. Esto simplemente hace más fácil el enojo y la irritación.

LA COSECHA DE LA FALTA DE PERDÓN

La Biblia es muy clara: cuando siembras, cosecharás (Gálatas 6:7). En un matrimonio, cosechas lo que previamente has sembrado y siembras lo que alguna vez cosecharás. Veremos las dañinas etapas de la cosecha de la falta de perdón.

1. Inmadurez y Error

Los que se casan no solo son pecadores sino que la mayoría entran al matrimonio bastante jóvenes, ingenuos e inmaduros. Típicamente, en los primeros años de matrimonio hacen cosas tontas, egoístas y pecaminosas – cosas que ninguno pensó que haría. En su sorpresa y dolor dan lugar a la acusación, la culpa, el juicio y el castigo en lugar de recurrir a una honesta confrontación, a la confesión y al perdón. Lo que fallan en comprender es que no solo están respondiendo pobremente al momento presente sino que están comenzando a establecer una dirección para su matrimonio. Cada acto egoísta seguido por una respuesta amarga daña los afectos que tienen el uno por el otro y la unidad que deberían disfrutar.

2. Caer en Patrones de Acomodamiento

Puesto que la confrontación, la confesión y el perdón son trabajo duro, es más fácil darle lugar a deseos inferiores. Es más fácil quejarse y retirarse, repasar en tu mente los errores del otro, compilar tu lista, gritar con cólera y amenazar. Muchas parejas caen en cómodos pero destructivos patrones en su relación. Mientras tanto, el afecto entre ellos se debilita y la distancia se ensancha.

3. Establecer defensas

En lugar de crecer como resultado de una vida de honestidad y perdón saludables, muchas parejas aprenden desde el inicio de su matrimonio a levantar muros de defensa contra las irritadas acusaciones del otro. Las parejas pronto aprenden que la mejor defensa es la ofensa, así que atajan las crecientes críticas de su cónyuge acudiendo a la lista que han compilado y recordándole cuán imperfecto o imperfecta es y cuán difícil es vivir a su lado. Esta combinación de auto justificación (convencernos que nosotros no somos el problema) y de acusación (decirle a nuestro cónyuge que él o ella es el problema) imposibilita la relaciones. No nos unimos buscando defender nuestro matrimonio contra ataques; más bien nos estamos viendo como adversarios y levantando muros de defensa el uno contra el otro.

4. Fomentar el Descontento

Puesto que los esposos se permiten meditar en lo que está mal con el otro en lugar de celebrar lo bueno que Dios ha hecho en y a través de él o ella, su perspectiva se vuelve cada vez más negativa. Así, lo que antes no veían como negativo, ahora lo interpretan negativamente. Después de un tiempo, simplemente ya no se gustan. De hecho, les resulta difícil recordar qué les atrajo de la otra persona al principio.

5. Agobiarse

Llega un momento en el que vivir con alguien que no te gusta y sentir la necesidad de defenderte diariamente de sus ataques te agobia y desalienta. Una y otra vez se reciben las mismas ofensas y se lanzan las mismas acusaciones. El mismo debate acerca de quién de los dos es la persona más difícil para vivir con ella sucede una y otra vez. Caminan como sobre cáscaras de huevo, preguntándose cuándo estallará la próxima bomba y despedazará la poca paz que ha quedado.

6. Envidiar a Otras Parejas

Llegan a preguntarse cómo sería estar casado con esa otra mujer u otro hombre. Es tentador dudar del amor y la sabiduría de Dios cuando sientes que tú enfrentas dificultades que otros no. Es tentador lanzar otras parejas en el rostro de nuestro cónyuge. Comparar tu matrimonio con la maquillada apariencia pública de otra pareja es particularmente destructivo para una pareja que ya ha dejado de encontrar razones para continuar.

7. Soñar con Escapar

Siempre parece guiar hasta aquí. Están enojados, heridos y agobiados. Se dicen a sí mismos que diariamente son víctimas de los pecados del otro. No pueden imaginarse que el otro vaya realmente a cambiar. Todo parece tan imposible, así que comienzan a fantasear con escaparse. Esta es una posición en la que se hacen susceptibles a buscar un medio de escape que en realidad no es un escape, sino algo que complica el problema con el que ya se sienten agobiados.

ENTONCES, ¿POR QUÉ LA GENTE SIMPLEMENTE NO PERDONA?

¿Por qué la gente simplemente no perdona? Si el perdón es más fácil y beneficioso, ¿Por qué no es más popular? La triste realidad es que el rehusar perdonar nos da un poder destructivo en nuestra relación. Mantenemos un registro de errores porque no estamos motivados por lo mejor para nuestro cónyuge sino por lo que es conveniente para nosotros. Aquí están algunos de los “beneficios” oscuros del rechazo a perdonar:

1) La deuda es poder. Hay poder en tener sosteniendo algo sobre la cabeza de otro. Hay poder en usar las debilidades y las fallas de una persona en su contra. Cuando queremos las cosas a nuestra manera, sacamos algún error de nuestro cónyuge como si fuese una carta escondida.

2) La deuda es identidad. Aferrarnos al pecado, debilidad y errores de nuestro cónyuge nos hace sentir superiores. Nos permite creer que somos más justos y maduros que él o ella.

3) La deuda es derecho. Por causa de los errores de nuestro cónyuge contra nosotros, él o ella nos deben. Cargar los errores de nuestro cónyuge nos hace sentir que tenemos derecho y hace que nos sintamos cómodos enfocándonos en nosotros mismos y exigiendo. “Después de todo lo que he tenido que soportar en mi relación contigo, ¿No merezco…?”

4) La deuda es armamento. Los pecados y errores que nuestro cónyuge comete contra nosotros y que llevamos con nosotros son como una pistola cargada; es muy tentador sacarla y usarla cuando estamos molestos. Cuando nuestro cónyuge nos hiere, es una tentación herirlo también diciéndole en su rostro cuán malo e inmaduro es.

5) La deuda nos pone en la posición de Dios. Es el lugar en el que nunca debemos estar, pero es una posición en la que todos nos hemos puesto. Nosotros no somos el juez de nuestro cónyuge. No somos quienes deberíamos disponer las consecuencias de los pecados de nuestro cónyuge. No es nuestro trabajo asegurarnos que sienta la cuota adecuada de culpa por lo que ha hecho. Pero es muy tentador ascender al trono de Dios y asumir el lugar de jueces.

Esta es una cosa desagradable. Es también temiblemente ciego. Nosotros estamos tan enfocados en los errores de nuestro cónyuge que estamos ciegos a los nuestros. Olvidamos cuán frecuentemente fallamos, cuánto pecado mancha todo lo que hacemos y cuán desesperadamente necesitamos la gracia que no estamos dispuestos a dar. Esta manera de vivir cambia a nuestro cónyuge en adversario y nuestra casa en una zona de guerra.

El perdón es la única manera de vivir en una relación íntima, a largo plazo, con otro pecador. Es la única manera de negociar a través de las debilidades y errores que marcarán diariamente tu matrimonio; de lidiar con el dolor y la decepción y de restaurar la esperanza y la confianza. Es la única forma de proteger tu amor y reforzar la unidad que has edificado. Es la única manera de no ser secuestrado por el pasado y de dar a tu matrimonio la bendición de un comienzo nuevo y fresco. El costo del perdón es grande, pero la cosecha es una cosa hermosa, así que es vital entender lo que el perdón es y lo que hace.

¿QUÉ ES EL PERDÓN?

Aquí está lo que tienes que entender: el perdón es un compromiso vertical seguido por una transacción horizontal. Ambos aspectos del perdón son esenciales.

El perdón comienza cuando le das tu ofensa al Señor. Esto no significa que actúas como si lo errado es correcto. Significa que tú ya no cargas la ofensa contigo (amargura), y no tratas a la otra persona a la luz de la ofensa (juicio). Te encomiendas a la misericordia y la justicia de Dios y te entregas a vencer lo malo con lo bueno (mira los principios explicados por Pablo en Romanos 12:9–12). Tú te comprometes a responder a tu cónyuge con la misma gracia que has recibido. No te insertas a ti mismo en la posición de Dios y aplicas el castigo por sus ofensas.

Ahora, esto no significa que te comes la ofensa y actúas como si nada ha pasado. No significa que pretendes que no fuiste afectado, ofendido o herido por lo que tu esposa dijo o hizo. De hecho, la Biblia llama al que ha recibido la ofensa a ir al ofensor y mostrarle la ofensa. ¿Está confundido? ¿Parece una contradicción? Es aquí donde el orden de las partes del perdón es esencial. La razón por la que tienes que empezar con darle la ofensa a Dios es para que cuando vengas a tu cónyuge, vengas con la actitud correcta (gracia) y la meta correcta (reconciliación). El perdón vertical limpia tu corazón de la carga de amargura y condenación para que puedas enfrentar a quien te ofendió con su error de una manera noble, paciente, amorosa, humilde y alentadora.

Algo importante se debe decir aquí. Esposos, no es espiritualmente útil para ustedes, o amoroso para sus esposas, actuar como si lo que no está bien estuviera bien. Esposas, no es bueno para ustedes, ni cordial para tu esposo actuar como si un pecado contra ti está bien. La Biblia no nos llama en ninguna parte a sonreír y soportar las ofensas por causa de nuestra relación. De hecho, estoy persuadido que nuestro silencio frente a la ofensa no es motivado por un deseo de amar al otro, sino por no querer lidiar con el difícil proceso de una sincera y amorosa confrontación. Callamos no porque amamos a nuestra esposa sino porque nos amamos a nosotros mismos, y no queremos ponernos en una situación incómoda. Cuando fallamos en traer estas cosas a la luz, nuestro cónyuge no se beneficia con la convicción y la confesión que le ayudaría a crecer y a cambiar.

Como ves, mientras la primera parte del perdón es judicial, es decir, encomendarle la ofensa a Dios quien es el único capaz de juzgar, la segunda parte es relacional. Es una transacción de gracia entre la persona que ha cometido la ofensa y la persona que ha sido ofendida. Ahora, no puedes perdonar relacionalmente a alguien que no te ha pedido el perdón. El patrón bíblico es este: alguien confiesa, tú perdonas. Es por esto que vas a la persona. Vas como un instrumento de Dios, con la esperanza de que sus ojos sean abiertos, que su corazón se quebrante y que responda confesando su pecado y pidiendo perdón (el cual ya se lo has dado porque tú no estás abrigando amargura en tu corazón).

Con frecuencia perdonar es un proceso, no un evento. Puede ser que te encuentres regresando a los viejos y amargos pensamientos, enojándote otra vez y con la necesidad de confesar eso al Señor en busca de su ayuda. Puede ser que sucumbas y juzgues a tu cónyuge, aunque te has propuesto no hacerlo, y que necesites confesar ese pecado a él o ella. Tal vez quien cometió la ofensa está pasando un mal rato al ver y reconocer lo que ha hecho. Esto puede significar que tengas que ir a tu cónyuge más de una vez, recordándole que hay un pecado entre ustedes que aún no ha sido resuelto y por esa razón hay una grieta en su relación y la necesidad de reconciliarse. Tu propósito no es acosar a tu cónyuge para que confiese, sino dejarle saber que le amas tanto que te duele que haya ofensas en el camino de la unidad y el entendimiento que deberían experimentar. Pero hay que decirlo de nuevo: tú no puedes perdonar a alguien en el sentido que tiene el perdón en cuanto a la relación, hasta que la persona busque ese perdón.

¿CUÁNDO ES NECESARIO EL PERDÓN?

Hay otra distinción que es necesario hacer. El llamado bíblico a la confesión y el perdón debe ser seguido solo en casos cuando un esposo o esposa ha hecho algo que la Biblia llama pecado. No necesitas pedir perdón cuando has hecho algo causado por tu debilidad humana como olvidar, en medio del trajín del día, recoger algo en la tienda. Está bien comunicarle a tu cónyuge que te siente apenado por el olvido y por la inconveniencia que esto haya causado.

Mientras más dispuesto estés a perdonar, más vas a experimentar sus bendiciones. Mientras más experimentes sus bendiciones, más rápido vas a ser para entregarte al ciclo de estar dispuesto-confrontar-confesar-perdonar. Comenzarás a vivir en los beneficios de las cuentas cortas entre tú y tu cónyuge. Amarás el hecho de que no hay problemas abiertos y grandes entre ustedes. No tendrán clósets que vaciar y estarán agradecidos, y en su gratitud se apreciarán más el uno al otro y apreciarán más a Aquél que los llamó a perdonar – Dios.

LO QUE EL PERDÓN REQUIERE Y LO QUE TRAE A CAMBIO

El perdón es una inversión. Como en toda inversión, hay un costo envuelto. En cualquier inversión que hacen, su preocupación es que el retorno sea mayor que el costo. Así que es importante que consideren los requerimientos y la ganancia del perdón para ustedes y su matrimonio.

El perdón requiere humildad. Es solo cuando realmente creemos que la vida es mayor que nosotros, que hay algo más importante que nuestros deseos, necesidades y sentimientos, y que tenemos vida y respiramos para los propósitos, planes y alabanza de otro, que seremos capaces de perdonar. El perdón es mucho más fácil para la persona que vive consciente de la realidad de cuánto necesita también ser perdonada. Nadie da gracia mejor que quien está convencido de que la necesita también.

El perdón también requiere compasión. La compasión es ser movido por el conflicto del otro, aunado a la acción para ayudarle. Esposos y esposas, ¿Sienten compasión cuando su cónyuge peca contra ustedes? ¿Son tocados por el conflicto de su cónyuge con el pecado? ¿Lamentas cuando ella enfrenta la decepcionante realidad de sus faltas una y otra vez? ¿Te entristeces por él en los momentos cuando es fácilmente atrapado? Tú perdonas a tu esposa porque la amas, y porque la amas te preocupas por ella y por el conflicto que enfrenta frente al pecado. Tú sabes lo que es proponerse hacer lo bueno y terminar haciendo lo malo (Romanos 7). Tú perdonas a tu esposo porque, por la gracia de Dios, lo miras con ojos de ternura en lugar de verlo con ojos de juicio.

El perdón requiere confianza. No es tanto un acto de fe en tu esposo como de fe en Dios. Tú crees que Él te dará lo que necesitas para hacer lo que te ha llamado a hacer, aun si tu cónyuge te rechaza y no busca tu perdón. Crees que hay bendición al otro lado de las dificultades del perdón; crees que cuando fallas y vuelves a ofender que Dios te perdona y te da el poder de cambiar. Por esa confianza en Dios estás dispuesto a perdonar a tu esposo o esposa.

El perdón requiere auto-control. Si vas a perdonar a tu cónyuge por haber pecado contra ti, tienes que decirte no a ti mismo, ejerciendo el auto-control que solo Dios puede darte. Para perdonar tienes que decirle no a la amargura, lo cual te permite recibir una ofensa sin darle lugar a que se expanda en tu corazón y controle la respuesta a tu cónyuge. Tienes que decir no al deseo de responder con palabras airadas y acciones de venganza. Tienes que decir no al impulso de compartir tu ira con un familiar o amigo.

El perdón requiere sacrificio. Y es que el amor a uno mismo raramente es algo de lo que nos damos cuenta. Quizás de lo que estás consciente es que le temes al rechazo, a ser arrastrado en un largo debate, o a que tu esposa se enoje y que te lance todos tus errores en la cara. En breve, no quieres exponerte a todos los posibles peligros de confrontar amorosamente a tu cónyuge por algo que él o ella ha dicho o hecho, pero no ha reconocido. ¿Ves lo que estás haciendo? Estás optando por la auto-protección, no en lo que sería útil para tu cónyuge, para ti, para tu matrimonio y para agradar a Dios.

El perdón requiere que estemos dispuestos a renunciar a nuestro deseo por la seguridad, la comodidad y la paz superficial del silencio y, como un acto de fe, que enfrentemos lo que no queremos para ayudar al otro y alcanzar la reconciliación en nuestra relación.

Hay una cosa requerida por el perdón que es más importante que todo lo que hemos visto hasta aquí. El perdón requiere recordar. ¿Por qué somos tan hábiles para recordar las debilidades, errores y pecados de otros y tan adeptos para olvidar los propias? ¿Por qué somos tan buenos para ver las maneras que otros necesitan ser perdonados pero olvidamos cuán grande es nuestra necesidad? Quizás un estilo de vida de falta de perdón esté enraizado en el pecado del olvido. Olvidamos que no hay un día en nuestras vidas en que no necesitemos ser perdonados. Olvidamos que Dios nunca se burla de nuestras debilidades, nunca encuentra gozo en lanzarnos nuestras fallas en el rostro, nunca nos amenaza con darnos la espalda y nunca hace que compremos su favor.

Cuando recuerdas, cuando tienes profundo aprecio por la gracia que has recibido tendrás un corazón listo para perdonar. Eso no significa que el proceso será cómodo o fácil, pero significa que puedes ir a tu necesitado cónyuge recordando que tienes tanta necesidad de lo que vas a dar, tanto como la tiene él o ella.

UNA MEJOR COSECHA

Sí, tú puedes llevar contigo esa lista. Puedes escoger castigar a tu esposo. Puedes escoger que la desilusión se convierta en distancia, que el afecto se convierta en disgusto y que el deseo de compañerismo se transforme en la búsqueda de un escape. Tú puedes saborear la triste cosecha de una tregua marital en la que muchas parejas viven o puedes plantar semillas mejores y celebrar una mejor cosecha. La cosecha del perdón es la que todo matrimonio quiere.

El perdón estimula el aprecio y el afecto. Cuando nos perdonamos diariamente no nos vemos a través de los lentes de nuestras peores faltas y más grandes debilidades. Cuando hablamos honestamente, lloramos y oramos y nos arrepentimos y reconciliamos, nuestro aprecio uno por el otro crece y nuestro afecto se profundiza. Entonces dejamos de mirar a la otra persona como el enemigo. Dejamos de protegernos de él o ella y comenzamos a trabajar juntos para levantar paredes de defensa contra las muchas amenazas que existen para el matrimonio en este mundo caído.

El perdón produce paciencia. Cuando respondemos a la manera de Dios en una estilo de vida de confesión y perdón diarios, comenzamos a experimentar cosas que nunca pensamos que veríamos en nuestro matrimonio. Comenzamos a ver quebrarse patrones malos, a vernos cambiar el uno al otro, y que el amor que se había enfriado se vuelve nuevo y vibrante otra vez. Experimentamos que en los momentos difíciles Dios nos da la gracia para no ceder a las poderosas emociones y deseos que nos llevarían por el rumbo equivocado y vemos una y otra vez la ayuda práctica y el rescate que su sabiduría nos brindan. Ya no tomamos las cosas en nuestras propias manos en medio del temor al dolor y a la retribución. Ya no tratamos de ser la consciencia o el juez del otro. No, ahora estamos mucho más relajados ante los errores y dispuestos a seguir pacientemente el plan divino de estar dispuesto-confrontar-confesar-perdonar.

Pero hay una cosa más. El perdón es el terreno fértil en el cual la unidad del matrimonio crece. Cuando vives cada día en un patrón de perdón y confesión, estás renunciando a tu propio método para seguir uno mejor. Tu matrimonio deja de ser una competencia diaria para ver quién va a lograr las cosas a su manera. Ya no verás a tu cónyuge como una amenaza, preguntándote cuándo va a volver a inmiscuirse en el camino de lo que tú quieres. Ya no estarás obsesionado con tu comodidad, placer y conveniencia, y con el temor de cuando tu compañero o compañera lo va a interrumpir. No, el perdón los pone a ambos en la misma página. Ambos han sometido sus deseos a los deseos de Otro. Ya no trata de edificar su propio pequeño reinado matrimonial. No, ahora, juntos, viven para el reino de Dios.


Tomado del libro “¿Qué Estabas Esperando?: Redimiendo las realidades del matrimonio”, de Paul David Tripp.

 

 
 

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