Le dijo Jesus: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. (Juan 11:25)

LA ASCENSIÓN DE CRISTO

(Sermón predicado por C.H. Spurgeon)

 

Desde la hora en que nuestro Señor partió, este mundo ha perdido todos los encantos para nosotros. Si Él estuviera en el mundo, no habría ningún lugar en el universo que nos retuviera con lazos más firmes; pero como ascendió a lo alto, nos atrae hacia allá y nos desprende de la tierra. Nos hemos enterado que algunas personas, cuando han perdido a un amigo o a un hijo muy querido, no volvieron a sonreír nunca, pues nada podía suplir ese terrible vacío. Para nosotros sería imposible que alguna aflicción nos trajera un dolor semejante, pues hemos aprendido a resignarnos a la voluntad de nuestro Padre; pero el hecho de que “Jesús, nuestro todo, al cielo se ha ido,” ha sembrado un sentimiento parecido en nuestras almas; este mundo no puede ser nunca nuestro reposo ahora, pues su poder de satisfacernos se ha esfumado. No, tierra, mi tesoro no está aquí contigo, y no podrías retener mi corazón. Tú eres, oh Cristo, el rico tesoro de Tu pueblo, y puesto que Tú te has ido, los corazones de Tu pueblo ascendieron contigo al cielo.

De aquí brota la gran verdad que establece que “nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo.” Hermanos, por cuanto Cristo se ha ido, nuestra vida está escondida con Él en Dios. Nuestra Cabeza se ha ido a la tierra de gloria, y la vida de los miembros se encuentra allá. Puesto que la cabeza está ocupada en las cosas celestiales, los miembros del cuerpo no han de arrastrarse como esclavos ante las cosas terrenales. “Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra”.

Aunque nuestros cuerpos se demoren todavía un poco aquí, nuestros espíritus han de caminar incluso ahora por las calles de oro, y contemplar al Rey en Su hermosura. Oh fieles almas, comiencen hoy la ocupación de los bienaventurados, y alaben a Dios incluso mientras permanezcan todavía aquí abajo, y denle la honra, y si no fuera posible hacerlo siguiendo los mismos modos de servicio de los seres perfectos en lo alto, con todo, háganlo con el mismo deleite sumiso. “Nuestra ciudadanía está en los cielos.” Oh, que ustedes y yo sepamos a plenitud lo que eso significa. Que asumamos nuestros derechos de ciudadanos libres, que ejercitemos nuestros privilegios y ocupaciones como ciudadanos celestiales, que vivamos como quienes están vivos de entre los muertos, que han sido resucitados conjuntamente y que han sido hechos partícipes de Su vida de resurrección. Puesto que el cabeza de familia está en la gloria, percibamos por fe cuán cerca estamos de Él, y con anticipación vivamos de Sus gozos y en Su poder. Así la ascensión de nuestro Señor nos recordará el cielo, y nos enseñará la santidad que es nuestra preparación para ir allá.

Nuestro Señor Jesucristo no está ya con nosotros. Regresamos otra vez a ese pensamiento. Él ha partido fuera de este mundo y ha ido al Padre, y ¿qué pasa entonces? Pues bien, Él nos ha enseñado con esto, de manera muy clara, que a partir de ese momento hemos de andar por fe y no por vista. La presencia de Jesucristo en la tierra habría sido, en gran medida, un embargo perpetuo para la vida de fe. Todos nosotros habríamos deseado ver al Redentor, pero dado que, como hombre, Él no hubiera podido ser omnipresente, sino que sólo habría podido estar en un solo lugar en un momento dado, la ocupación de nuestra vida habría sido la de buscar los medios para realizar un viaje al lugar donde Él pudiera ser visto; o si Él mismo condescendiese a viajar a través de todas las tierras, nos habríamos abierto paso a la fuerza a través de la muchedumbre para darle un festín a nuestros ojos viéndolo a Él, y nos habríamos envidiado los unos a los otros cuando le llegara el turno a cada quien para hablar familiarmente con Él.

Gracias a Dios no tenemos ningún motivo de clamoreo o de contienda o de lucha en relación a la mera visión de Jesús según la carne; pues aunque fue visto una vez corporalmente por Sus discípulos, ahora, según la carne, no lo conocemos más. Jesús no es visto más por ojos humanos; y eso está bien, pues la visión de la fe es salvadora, instructiva y transformadora, y la mera visión natural no lo es. Si Él hubiese estado aquí habríamos considerado mucho más las cosas que son visibles, pero ahora nuestros corazones están ocupados con las cosas que no se ven pero que son eternas.

En este día no tenemos ningún sacerdote que pueda ser contemplado por los ojos, ni altar material, ni templo hecho con manos, ni ritos solemnes para satisfacer los sentidos. Hemos acabado con lo externo y nos regocijamos con lo interno. No adoramos al Padre en este monte ni en aquel otro, sino que adoramos a Dios, que es Espíritu, en espíritu y en verdad. Nosotros nos sostenemos ahora como viéndolo a Él que es invisible; a quien, no habiéndolo visto, amamos; en quien, aunque ahora no lo vemos, sin embargo, creyendo, nos regocijamos con gozo indecible y lleno de gloria.

De la misma manera que caminamos hacia nuestro Señor, así también caminamos hacia todo lo que Él nos revela; caminamos por fe, no por vista. La presencia de nuestro Señor se habría podido convertir en una dificultad para la fe, aunque hubiera un placer para los sentidos. Su partida abre un campo claro para la fe; nos impulsa necesariamente a una vida espiritual, puesto que Aquel que es la cabeza, el alma, el centro de nuestra fe, de nuestra esperanza y de nuestro amor, ya no está más dentro del rango del alcance de nuestros órganos corporales. La fe que necesita poner su dedo en el lugar de los clavos es una fe pobre; pero bienaventurado el que no vio y creyó. Depositamos nuestra confianza en un Salvador que no es visible, y derivamos nuestro gozo de un Salvador que no es visible. Nuestra fe es ahora la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.

 
 

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